lunes, 2 de septiembre de 2013

Fútbol Infantil: ¿Trabajo o diversión? ¿Esfuerzo o placer? ¿Competencia o juego? ¿Pena o gloria?





El presente trabajo tiene como principal propósito describir y explicar el mundo del fútbol infantil, el cual, se sostiene aquí, está pensado por adultos que no siempre consideran a los niños en sus características particulares para su realización.
El análisis se apoya en los trabajos realizados por S. Comisso y Benítez C, y plasmado en el libro La infancia hecha pelota, donde desarrollan la profesionalización y mercantilización del fútbol infantil y como semejante maquinaria deja en el camino a miles y miles de niños y sus ilusiones, algún día, de poder jugar en primera.
El trabajo también describe cómo, a partir de ciertos cambios en los estilos de vida de nuestra sociedad, los niños fueron abandonando los potreros para trasladarse a los incipientes clubes y escuelitas de fútbol a cargo de ex deportistas de trayectoria que apelan, por lo general, a su experiencia como jugadores profesionales o amateur, sin conocer aspectos de las etapas y necesidades de la niñez.

“El que sabe de fútbol ni de fútbol sabe”
Jorge Valdano.

Actualmente el fútbol infantil está encaminado hacia la competencia,"competencia" a la que lo llevan dirigentes, padres y técnicos. Competencia para la cual los niños no están preparados. Esto no quiere decir que cuando el niño juega, no compite; por el contrario, sí lo hace, y con el objetivo de ganar, porque para eso juega. Nadie juega para perder. Pero deben entender los mayores y, por
consiguiente, inculcarle a sus alumnos, hijos o niños a cargo, que son muchas más las veces que se pierde que las que se gana; de hecho, uno solo es campeón, el resto se queda en el intento.
A nivel de infantiles, el niño juega, no compite. O, si preferimos, no le preocupa la competición como forma reglamentaria y mantenida. El niño se acerca al fútbol, por gusto, interés, ganas de divertirse. Esta predisposición del niño por jugar no lleva implícito otra cosa que eso: jugar.

Los niveles de exigencia del entrenamiento y la competencia son organizaciones de adultos, pensadas y desarrolladas como si los niños fueran, también, adultos.
Todo está diseñado por adultos para conseguir un rédito que va, desde el interés de los técnicos por salir campeón, pasando por el interés político de los dirigentes de la institución y terminando en el interés económico de los padres que creen que su hijo podrá solucionar su situación económica.
Entonces, ¿Qué debemos hacer para modificar ciertas estructuras? ¿A quienes debemos convencer de cómo trabajar con los niños y por qué?  ¿Cuánto hay de incomprensión y egoísmo de los adultos en estas prácticas?.
Por lo que estamos observando, el fútbol ha dejado de ser un juego exigiéndole la seriedad y el rendimiento de un niño superdotado. Hay equipos de todos los niveles socioeconómicos, que tientan con promesas de todo tipo a jugadores de otros equipos cuando recién han ingresado al fútbol infantil. En los ámbitos del fútbol infantil puede observarse con una alta frecuencia los comportamientos de ciertos padres ansiosos y descontrolados que expresan en un ocasional encuentro deportivo apelando a los gritos durante toda la disputa del partido. Este tipo de reacciones también se deja ver en los encuentros de los más pequeños. Estas manifestaciones de los adultos espectadores opera como interferencia constante en la labor de los entrenadores y/o delegados e incitando a la agresión dentro y fuera del campo de juego.
Es sabido que de todos los niños que comienzan la práctica del fútbol infantil, solamente el 3 o 4 % llega a desarrollarse como futbolista profesional, es decir que el 96 o 97 % quedan en el camino, y sin embargo el sistema apunta a la minoría, sumado a que “como son chicos”, quienes se ocupan de su formación generalmente son padres aficionados al fútbol o “futboleros”, que en algunos
casos es posible que sepan del fútbol, pero habría que ver si saben como tratar a un niño, y que es lo mejor que se puede hacer por y para ellos.




¿Están en su mayoría capacitados para conducir niños en plena formación que además de conocimientos futbolísticos, necesitan ser respetados en sus tiempos de maduración y crecimiento?

La presión por el rendimiento deportivo del niño no es más que una prolongación de la presión existente en el deporte profesional (y en el fútbol profesional). Esta invasión procede de la necesidad de captación de jóvenes talentos.
En las tempranas edades de profesionalización en algunas especialidades deportiva como por ejemplo: gimnasia artística, natación, tenis y fútbol, hace que se traspase a los niños los modos de trabajo y exigencia que se utilizan con los adultos sin reparar que la evolución cognitiva y, sobre todo, afectiva de los niños. Estos tratamientos puede ocasionar el sufrimiento de interrupciones y bloqueos afectivos de negativa consecuencia en el desarrollo de los sujetos. La presión en el deporte infantil, y en particular en el fútbol infantil, que no respete la persona y su ritmo particular de aprendizaje, su edad, que valore más el resultado que la formación, traerá secuelas físicas -microlesiones, esguinces, sobrecargas musculares- y psicológicas -problemas de autoestima, falta de seguridad en sí mismo, eliminación del disfrute, problemas de rendimiento escolar por falta de concentración en los estudios, falta de desarrollo de la propia responsabilidad...-



Por otra parte, el deporte infantil actual presenta unas condiciones que favorecen cuatro tipos de niños practicantes:
1. Los que acceden a practicar un deporte y disfrutan de él porque están dotados para la práctica.
2. Los que acceden a un deporte pero tienen peores condiciones motrices que los del grupo anterior, porque, paulatinamente van dejando de practicarlo o lo hacen en menor medida que sus compañeros más capacitados.
3. Los que acceden a un deporte pero lo abandonan en poco tiempo, ya que son descartados por sus escasas condiciones motrices para esa especialidad deportiva.
4. Los que no acceden a ningún deporte, bien sea porque en su entorno no hay oportunidades de práctica deportiva o porque no intentan acceder a las oportunidades que les ofrecen, por impedimentos familiares o por la creencia de que no son aptos para practicar esa especialidad.
De todas formas, la situación general hace que el buen dotado de recursos corporales y motrices para la práctica deportiva salga beneficiado por el deporte infantil y el menos dotado salga perjudicado.
Sin embargo, aquellos niños bien dotados de recursos corporales y motrices, para la práctica deportiva corren el riesgo de sufrir las consecuencias de la presión por ganar en la competición.
En el ambiente del fútbol y del fútbol infantil prevalecen ciertas creencias generalizadas sobre las formas de guiar los procesos de enseñanza:
• Se aprende a jugar al fútbol jugando muchos partidos.
• El jugador que ha jugado muchos partidos es mejor que otro que ha jugado menos.
• Para aprender a jugar al fútbol solo se necesita entrenar con la pelota.
• El fútbol es patear una pelota.
• Es solo buen jugador aquel que maneja bien la pelota.
• En el fútbol el que corre es la pelota.
• Al fútbol no hay que estudiarlo, basta con practicarlo.
• En el fútbol esta todo inventado.
• La práctica hace al maestro.
• Para ser técnico es necesario tener mucho vestuario.
• Un técnico es bueno cuando su equipo gana muchos partidos.
Para comprobar esto es necesario observar las clases y/o entrenamientos que se realizan en las escuelas y clubes de fútbol.


Comienza a manifestarse en nuestro país un nuevo fenómeno, impensable pocos años atrás, pero fácilmente explicable en los tiempos que corrían: aparecen las primeras Escuelas de fútbol Infantil. Para ese momento, comienzan a desaparecer gradualmente los potreros. El tiempo libre de los padres disminuye para llevar a sus hijos a jugar, la calle y las plazas se hicieron peligrosas, por lo tanto se perfilaba en los jugadores de renombre que abandonaban la actividad una forma lucrativa de seguir ligados al fútbol explotando su bien ganado prestigio.
Hoy las cosas han cambiado mucho, los clásicos “picados” se transformaron en entrenamientos varias veces a la semana, los torneos con tablas de posiciones duran varios meses. Todo esto hace que el concepto de “jugar”, se halla modificado por el concepto de “trabajar” de jugador, en función de los intereses de los grandes y no de los niños.
Teniendo las mejores intenciones (preparar los mejores jugadores desde el principio), no tomamos por el camino adecuado, siempre en prejuicio de los niños, y por extensión, del fútbol en general. Hoy las escuelas de fútbol serias, que son muchas, no participan de torneos sistemáticos (con tablas de posiciones) sino que se manejan con encuentros con otras escuelas y trabajan a conciencia.
Pese a esos ejemplos, la inmensa mayoría de los chicos futbolistas están en clubes donde forman parte de un espectáculo para parientes (padre, madre, hermanos, tíos, abuelos, etc.) donde se los someten a todo tipo de presiones y se les exige mucho más de lo que pueden y quieren dar.
Pero… se recauda buen dinero con los pibes.
El comienzo del niño en el deporte, ha cambiado totalmente sus objetivos en los últimos tiempos, transformando la enseñanza gradual y con sentido de futuro, otra apurada, producto de la búsqueda de una especialización temprana y sin sentido.
“Un niño que no juega es un adulto que no piensa”, la convención de los derechos del niño determina claramente que el juego es uno de los derechos“Un niño que no juega es un adulto que no piensa”, la convención de los derechos del niño determina claramente que el juego es uno de los derechos fundamentales de los niños, ya que es una de las herramientas más valiosas para desarrollo global, tanto en lo físico, como en lo psíquico y en lo emocional.
Los niños deben jugar, porque el juego sensibiliza la imaginación y la inteligencia, los hace compartir e interactuar y es una excelente herramienta para la inclusión fundamentales de los niños, ya que es una de las herramientas más valiosas para su desarrollo global, tanto en lo físico, como en lo psíquico y en lo emocional.
Los niños deben jugar, porque el juego sensibiliza la imaginación y la inteligencia, los hace compartir e interactuar y es una excelente herramienta para la inclusión
Un grupo de niños se entrena en un club o en una escuelita de fútbol. Corren a un ritmo constante, esquivan conitos para medir su destreza, cabecean pelotas, responden con ganas a las órdenes de un entrenador que los tiene “cortitos”. En muchos casos, todo esto sucede ante un público muy especial: sus padres, que se instalan como espectadores, críticos, profesores, árbitros y hasta relatores de un juego infantil.


No cabe duda de que el fútbol es una parte importante de sus vidas, lo palpan desde la cuna, lo viven, lo sienten, lo disfrutan y lo sufren, como hinchas y como jugadores. Pero ¿Hasta qué punto un niño de menos de 12 años puede participar, más allá de este amor natural por la pelota, de las presiones del fútbol grande? ¿Cómo enfrentarse tan temprano a esos modelos inalcanzables que son
lo jugadores profesionales que ganan millones de dólares, salen en las fotos de los diarios y las revistas y viven en un mundo casi irreal de fama, fortuna y gloria?
¿Qué pasa con todos los jugadores que no llegan a esa cumbre? ¿Quién dice algo de esa inmensa mayoría de jóvenes con ilusiones que quedaron en el camino hacia el éxito? ¿Dónde quedo el espíritu del potrero del que salieron grandes figuras del deporte?.
 En el fútbol infantil, a veces los padres no pueden ver más allá de la obtención de un resultado. La obsesión por el logro de una victoria impide ver lo que realmente puede llegar a dar su hijo y se ponen como locos (o fuera de si).
La presión se vuelve algo cotidiano y todos, padres, hijos, entrenadores, árbitros y público, pierden de vista el motivo por el que están jugando. La meta ya ni siquiera es el gol. La meta es llegar, ser el mejor, él numero uno. Y se olvidan que para ser él numero uno, hay una sola vacante. La competencia como la que se suele ver en los partidos de torneos infantiles la imponen y la exigen los adultos, los niños simplemente juegan.
Será que además de volcar sus propias ilusiones y deseos en sus hijos, aparece en la imaginación de muchos padres, algo que forma parte de un pensamiento colectivo de esta época: la idea de su hijo como “salvador” de la familia.
Si el niño patea bien la pelota puede ser la solución para todos. Claro que este pensamiento no se da en todos los padres por igual, algunos lo admiten directamente, otros solo se animan a insinuarlo y algunos ni siquiera se dan cuenta de que les sobrevuela. Pero esta. Y la pregunta es hasta donde puede ser valido. Esta nueva ilusión no conoce fronteras ni clases sociales. En cualquier barrio humilde o en las villas de emergencia, donde jugar al fútbol siempre fue algo muy ligado a la vida cotidiana, es posible que hoy mas que nunca, este presente la posibilidad de convertirse en jugador profesional como la única salida para abandonar la marginalidad.
Lo que hasta hace un par de décadas era simplemente el entretenimiento obligado de los que no tenían otra distracción, hoy es casi el campo de prueba para los que sueñan con salir de allí, y su habilidad y dominio sobre la pelota es un pasaporte para dejar la pobreza. Allí, entre las chapas y los campitos de tierra reseca, también se organizan torneos de fines de semana. Los pocos recursos se destinan a este ritual que combate contra los fantasmas del presente.



El fútbol puede ser la única salida para zafar de la droga, la violencia o la delincuencia en lugares como este. “África es la principal fuente de futbolistas menores para Europa. Sin embargo eso no significa una mejor calidad para sus vidas. Todos esos niños y adolescentes salen de su país sin conocer el idioma, con lo puesto. Si no funciona en el sistema mercantilizado del fútbol europeo,
quedan varados, dependiendo de su suerte, que suele ser poca”.
Este trafico de niños y jóvenes es el punto máximo de la desproporción entre deporte y negocio, el vértice mas desgarrado y cruel del mercado del fútbol.
Los números dan una idea de lo escalofriante de este mercado. En los últimos años de la década del noventa, unos cinco mil trescientos chicos (5.300) de distintos países se encontraban dando vueltas en distintos clubes de categorías inferiores del fútbol italiano. Pero de esos, solamente veintitrés (23) tenían un contrato efectivo. El promedio de edad apenas superaba los diez años.
El futuro para esos chicos que quedan en el camino es dramático. Sin un peso para volver a sus casas, caen en la marginalidad, descartados como mercancía inservible. En estos casos el fútbol se convirtió en un moderno tráfico de esclavos, disfrazado de salvoconducto para la prosperidad.
La tendencia a la profesionalización del fútbol infantil, en la que los niños reciben la mayor presión por parte de los adultos, involucra entre otros puntos polémicos, la propia salud de los pequeños futbolistas. ¿Quién se preocupa realmente por las exigencias que reciben los niños durante los entrenamientos que muchas veces no tienen en cuenta las distintas etapas de su desarrollo físico
y psicológico?
Los padres, en algunos casos, ya sea por el afán de conseguir un buen futbolista o por el deseo de que sus hijos se entretengan un rato con los niños de su misma edad, se olvidan de considerar la salud de sus hijos, la cual no siempre queda en las manos más adecuadas. Los técnicos y delegados, presionados por lograr buenos resultados en los partidos, dejar contentos a los dirigentes y a los padres, no siempre prestan la suficiente atención a estas cuestiones socioculturales que son fundamentales en esta etapa de crecimiento tan delicada en el desarrollo de una persona.
Esta omisión puede afectar la salud presente y futura de los niños.
El fútbol infantil no es un fin en si mismo tiene que ser un medio para empezar a formar a los niños. Un deportista se empieza a formar a los 11 o 12 años. Ahí empieza una recta que termina aproximadamente a los 17 o 18 años.
Hace unos cuanto años, los futbolistas profesionales debutaban a los 21 años, hoy lo hacen a los 16.
Hay que considerar que hasta los 12 o 13 años aproximadamente un niño no comienza a formarse física y motrizmente. Recién en ese momento esta preparado para que lo agarre un entrenador y, si es bueno, que comience a hacer carrera. Pero acá parece que el proceso se hace al revés. Además, hay que tener en cuenta que un niño de 9 o 10 años esta completando su maduración y puede tener unos dos años de diferencia madurativa con otros de su misma edad. Entonces, un año el niño puede parecer de madera y al año siguiente, juega bárbaro. Y los técnicos dicen “este no sirve”,
cundo en realidad, el niño esta aprendiendo.
La idea de competencia, triunfo y fracaso, no es la misma en los adultos que en los niños. En el momento del juego, las cosas se mezclan. En ese cóctel, los más pequeños suelen ser los más perjudicados. El espíritu de jugar a muerte lo ponen los padres, no los niños. Cuando gana el equipo contrario los padres empiezan a echarle la culpa al referí y no se fijan que los que ganaron también son niños. En general, los padres pierden el control emocional por completo.
Los padres se pierden en ese laberinto futbolístico donde todo el mundo se siente un poco sabio y en lugar de acompañar a su hijo, le indican como jugar.
Lo que muchas veces puede entrar en contradicción con lo que le indica el técnico.
La consecuencia es un cortocircuito en el niño, que generalmente abandona el fútbol porque no soporta tanta presión.
Junto con la competencia mal entendida comienza a producirse un hecho poco grato para los niños, la discriminación de los menos hábiles. Con este tema la mayor influencia proviene de cada familia y de lo que transmite el club. Si se trata de una institución muy competitiva, la problemática aumenta. Si hay niños que no están aptos para jugar hay que buscarles la posibilidad de que jueguen en otras ligas para que no se sientan mal y para darles una oportunidad.

Conclusión final:
Las escuelas de fútbol se consolidaron en las últimas décadas como una alternativa a la falta de espacios para que los niños jueguen al fútbol en la ciudad.
Pero la voracidad del gigantesco negocio del fútbol las fue incorporando como primera etapa de una tendencia creciente:

La profesionalización del fútbol infantil:
¿Entrenamiento o entretenimiento? ¿Trabajo o juego? ¿Cómo debería ser el tiempo que el niño dedica a la actividad futbolística? ¿Cómo lograr que algo tan sano como la actividad deportiva y tan mágicamente fascinante como el fútbol no sea una carga que sus espaldas no puedan soportar?
Difícilmente se pueda llegar a obtener una sola respuesta a todas estas preguntas. La polémica, al igual que el fútbol mismo, es un deporte nacional y cada uno, padre, técnico, o dirigente tendrá una respuesta, un punto de vista.
Expondrá sus argumentos, mostrara resultados. Pero ¿y los chicos qué? ¿Se piensa en ellos? ¿O prevalecen las propias aspiraciones, las frustraciones que se dejaron en el camino? ¿Alguien les pregunta a ellos lo que quieren, lo que sienten, como les gustaría hacer las cosas?
Valdría la pena que todos los involucrados se formularan estas preguntas y se cuestionaran realmente como están actuando. Sería bueno descubrir que responden con honestidad a la tarea que están desarrollando.
Hasta hace unos veinte años, la cosa era mucho más sencilla. El club de barrio cumplía una función social. Hoy, tras sucesivas crisis económicas, ideológicas morales, ese espacio se fue perdiendo. Y no hubo reemplazo. Los que tienen más de cuarenta años lo saben muy bien. El club era el lugar del encuentro, de la participación. Uno sentía que ese era un lugar de pertenencia, un espacio
simbólico y de contención social. Era el lugar donde se compartía con los pares y eso permitía afianzar la identidad. Algo vital para la edad en que una persona esta creciendo.
Allí, en esos clubes, el fútbol era la excusa, organizarse era sencillo: un padre se hacia cargo de una categoría, otro tomaba otra y así hasta abarcar todas las edades, sin mucha teoría pero con mucho amor. La cuota social no importaba y la merienda acercaba a más de uno.
¿Cómo evitar que todo esto ocurra? No es fácil encontrar la solución.
Siempre y cuando el optimismo nos permita creer que es posible encontrar una.
Quizás lo máximo a lo que se puede aspirar sea a empezar a cuidar a los chicos, a estar mas cerca, pero no detrás de un alambrado gritando un gol sino allí donde ellos verdaderamente les hace falta. En sus dudas, sus miedos y también en sus pequeñas alegrías.
Lo ideal seria actuar con ellos como lo que son: chicos. Tan obvio y tan simple como eso. Tan complicado como eso. Para lograrlo se debe comenzar intentando que el entretenimiento no se convierta en un trabajo y que esté adecuado a sus posibilidades. Cualquiera que lleve a su hijo a una escuela de fútbol debe tener, independientemente de su motivación para hacerlo, la preocupación por el cuidado que le den al niño en ese lugar. Y una idea clara de lo que puede
ser bueno o dañino para su educación, su desarrollo y su formación. Eso quiere decir para su cuerpo, su psiquis y su espíritu. Algo que parece tan evidente y que, sin embargo, la experiencia de todos los días muestra que no se cumple. Que los niños entrenan más de lo debido o, a veces, no lo hacen con una persona suficientemente capacitada para eso. Las consecuencias afectan nada menos que a su salud y, a veces, condicionan su estado emocional para el futuro.
Este texto quiso ser una aproximación al mundo de los niños y el fútbol, allí donde su cruzan la ansiedad de los padres, la responsabilidad de los entrenadores, la referencia omnipresente de las grandes estrellas y el peligro de depositar en un niño la salvación económica familiar. También es un llamado de atención para no olvidar que en el fútbol infantil se está tratando con niños
y no con jugadores en miniatura.



Este documento está disponible para su consulta y descarga en Memoria Académica, el repositorio institucional de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, que procura la reunión, el registro, la difusión y la preservación de la producción científico-académica édita e inédita de los miembros de su comunidad académica. Para más información, visite el sitio
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Esta iniciativa está a cargo de BIBHUMA, la Biblioteca de la Facultad, que lleva adelante las tareas de gestión y coordinación para la concreción de los objetivos planteados. Para más información, visite el sitio
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Fútbol Infantil: ¿Trabajo o diversion? ¿Esfuerzo o placer? ¿Competencia o juego? ¿Pena o gloria?
Junior soccer. Is it a work? Is it connected with fun? Does it require effort? Does it give pleasure? Is it a competition or is it a game? Is it related to sorrow or to glory?
Fabián De Marziani





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